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A Mariano
Ferreyra, militante asesinado.
A Elsa Rodríguez, militante que lucha por su vida.

La Real Academia Española define a la emboscada como una ocultación de una o varias personas en parte retirada para atacar por sorpresa a otra u otras. También la describe como la Asechanza, maquinación en daño a alguien.

Y es esta última acepción de la palabra es la que podría aplicarse al brutal hecho que provocó la muerte de Mariano, el estado crítico de Elsa Rodríguez, y otros heridos que estaban en el lugar del furtivo ataque.

Existe un tipo de violencia que ya pareciera una marca registrada de ciertos sectores del espectro sindical: el uso de armas de fuego en las manifestaciones no ya para amedrentar sino para darle un efectivo uso. En esta ocasión abordando en forma artera y premeditada a un sector militante que se sabe desarmado. Combativo, sí, pero nunca asesino.

Pero la violencia de esos individuos, enquistados en una elite de sátrapas que prefieren negociar con los empleadores antes que escuchar a los trabajadores del sector, se hace visible de la peor manera. Nuestra historia está plagada de procederes violentos para alcanzar o hacer perdurar un objetivo. No es la idea de estas líneas hacer un recuento de lo nefasto de la “patota sindical” traidora y genuflexa.

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